23 mayo 2008

Ocupado


Ocupado, frenetico, estressado. Hoy iba a dedicar la entrada a corregir ciertos dichos populares en los que se dice precisamente lo contrario de lo que significan las palabras que los componen. Y de hecho lo voy a hacer, pero antes quisiera hacerme eco de una entrada que lei en el blog Bajo el Volcan de Gerardo García-Trío sobre la (falta de) educación.
Se ha puesto de moda en España usar en público los teléfonos móviles como reproductores de música portátiles, con la molestísima particularidad de emplearlos sin auriculares y a todo volumen, más la agravante del sonido estridente de mala calidad de sus altavoces telefónicos. Los que actúan así, aparte de adolescentes provocando, siempre parecen orgullosos de exhibir sus gustos musicales, que suelen ser horribles, como es de esperar de gente con tan poca educación. Son los mismos que abren las ventanas de sus casas para imponer su música a los vecinos, o también desde su coche, a todo trapo y con las ventanillas bajadas.

Hace poco hice un viaje en autobús en el que los pasajeros tuvimos que soportar que una gamberra de unos veinticinco años, a la que no le importó que ya hubiera hilo musical, nos molestase así con su móvil. En cuanto hizo sonar ese excremento cultural que dice, a ritmo de reggaetón, a ella le gusta la gasolina..., superé mis pocas ganas de discutir durante unas vacaciones y le pedí amablemente –lo juro– que parase la música. Lo hizo, aunque tras ofrecerme, como era de esperar, un gesto de desprecio por mi actitud intolerable de carca. La dejé enzarzándose con otro pasajero, cosa que yo evité, creo que inteligentemente, porque ya había obtenido lo que quería. No siempre lo consigo, pero procuro no permitir que los maleducados me pongan de mal humor. Te los encuentras casi todos los días, es tan absurdo como enfadarse por la lluvia o los atascos. En España, sería sentenciarse a vivir con úlcera. Y no digamos en Vigo, la ciudad de la cortesía.

El caso con esta chica solo es uno de los ejemplos casi infinitos de mala educación. Se me ocurren muchos más: la prioridad peatonal forzosa e ilimitada de las señoras con carritos de bebé (aparta, que viene una madre); usar el claxon continuamente y hasta de noche, para protestar, para celebrar, para llamar a alguien; colgar la ropa a secar goteando y destiñendo la del vecino de abajo; obstruir la acera parándose a conversar, o no dejar paso al caminar, incluso si se forma parte de un grupo que la ocupa totalmente; estacionar el coche sin dejar espacio para maniobrar a los vehículos contiguos, y dejarlo en doble fila cuando hay sitio libre a pocos metros (para bajar en la puerta del bar); cortar continuamente a los demás en las conversaciones; invadir sin necesidad el espacio personal ajeno; decir impertinencias en los comentarios de un blog; permitir que los niños propios molesten a los desconocidos; hablar por el móvil a gritos en lugares públicos, y hasta en el cine; interrumpir a quien lee...

Hay varios con el paraguas, una de las herramientas preferidas del maleducado. La más egoísta consiste en no apartarse cuando se lleva uno, impidiendo la protección de los edificios a quienes van descubiertos bajo la lluvia. Se hace muchas veces en combinación con esa de clavarle las varillas en la cara a la víctima como no se aparte ella. El paraguas también es muy efectivo, cuando está plegado y mojado, para gotear y golpear con él a los demás al pasar, da muy buenos resultados por el pasillo de un autobús repleto.

Todos estos ejemplos parten del mismo problema: la falta de civismo crónica. En España, parte de la población se conduce en el día a día con una ausencia total de los demás en el pensamiento, ignorantes del sencillo mandamiento no molestes. Ya muchos de nuestros insufribles niños están sumidos en un mundo de egoísmo casi anormal, y parece que llegan a adultos sin adquirir la rutina mental de pensar que conviven con gente. Aquí es fácil que los niños se interpongan repentinamente en tu camino, algo, hasta peligroso, que incluso los perros pueden aprender a evitar. No es que te vean y no les importe, que también los hay que incordian a su gusto, sino que ni siquiera miran, aunque saben que están entre más personas. Esto no ocurre tanto con otros europeos que conozco. Los niños nórdicos, por ejemplo, revoltosos como todos y también mimados muchos, no se comportan tanto como si fueran los únicos en el mundo y estuvieran cegados por anteojeras. Ya saben que lo que hacen tiene consecuencias en los que los rodean. Hasta es normal que los haya tímidos y silenciosos, un descubrimiento que casi me arranca las lágrimas.

Claro que hay que distinguir al incívico del gilipollas, que es una especie de persona molesta distinta y casi siempre sin remedio, salvo quizás el agresivo. El incívico se diferencia del gilipollas en que suele mostrar signos de empatía y hasta arrepentimiento cuando le haces saber que te molesta. Camilo José Cela, defensor de los tacos para realzar la expresividad de la lengua, tenía predilección por el insulto gilipollas, que decía que denominaba a un tipo de personas a las que antes no sabía qué adjetivo poner. El diccionario de María Moliner da la mejor definición: Se aplica como insulto a la persona que enfada o molesta con lo que hace o dice.

También están los que consideran la buena educación una actitud clasista y retrógrada que distancia a las personas. Aunque para mí la buena educación no es elitismo, sino la única manera de vivir sin conflictos entre desconocidos, comparto algo su opinión porque creo que debe partir del respeto a los semejantes, algo que puede comprender hasta el más inculto y simple, y no ser un protocolo vacío que puedan exhibir hasta las personas odiosas. Alguien que mastique con la boca abierta puede molestarme; pero no juzgo cómo y en qué lado del plato coloca los cubiertos, que al final solo son supersticiones. En este grupo hay personas de trato exquisito que, sencillamente, odian los modales hipócritas; pero también muchos que solo racionalizan su mala educación, transformándola a sus ojos en una actitud muy democrática y moderna, señal de seguridad y de ser “auténtico”. El resultado es que se creen justificados para molestar a los demás. Más gilipollas.


Concretamente queria hacer referencia a los dichos:
- Me da coraje. Originalmente coraje significaba valor y lo normal era tener coraje contra algo (para enfrentarse a ello). Con el tiempo, mayoritariamente por andalucia se empezo a decir que algo da coraje, lo que se traduce en irritacion. Por tanto algoq ue originalemte se traduciria por "me da valor o animo" acaba siendo "me cabrea o me ofende"
- Me enerva. Se suele decir esto cuando algo "saca a alguien de sus casillas", "hace perder los estribos" o "saca de quicio" es decir, pone nervioso hasta la agresividad. Paradojicamente enervar es un verbo gallego que significa debilitar, quitar el nervio. Lo que se traduce en relajar. Por tanto cuando a alguien "le enerva algo" en realidad lo que deberia hacerle es dejar sin fuerzas, flojo, abotargado(que aunque significa hinchado y amoratado, tambien significa atontado).
- Estar algo en el punto álgido. Se emplea mucho en periodismo para indicar un punto de inflexion o de especial relevancia, lo que se llamaria un punto "caliente". Muy al contrario el termino en sí se refiere a un frío extremo. El punto álgido seria el más frio.

La Frase de Hoy: Cuando las palabras pierden su significado, la gente pierde su libertad. Confucio .



Estoy en tu cesped, siendo un ninja.

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