23 septiembre 2018

Termidor


Nací en la punta de una cerilla y, con un chasquido, di luz.
Los inicios fueron difíciles. Como todos. Pero gracias a una mano amiga que me colocó cerca de un depósito de gas natural, pronto no tuve problemas de sustento.

Mi vida transcurrió en calma. Pendiente siempre de las fluctuaciones en las reservas, me henchía cuando estaban a rebosar y me acurrucaba cuando apenas había.
Era una vida acomodada, rutinaria, bajo el control de un gran hermano que estaba constantemente pendiente de mí.
 Entonces Ella llegó a mi vida. Se instalo en el piso de arriba y todas las mañanas la observaba mientras se preparaba para trabajar. La conocí una semana santa, durante la guerra.
Debíamos estar en guerra pues los ejércitos aguardaban en filas infinitas, perfectamente ordenadas. Duros soldados del más duro pan que ahogaban sus penas en vino dulce, antes de entrar en batalla. Ella era rubia, dorada. Con unos cristalinos ojos verdes. Se llamaba Oliva.
Ayudaba a los soldados a prepararse, a vestirse su uniforme de huevo antes de salir. Al principio no le di importancia. Pero cada día al oír el burbujeo de su risa, el chisporroteo que venia de arriba, surgían en mi mente imágenes que no soportaba. Ella rodeando a aquellos soldados, acariciándoles, recorriendo cada recoveco de su piel.
Eran imágenes que poco a poco acabaron volviéndome loco. Por supuesto el gobierno ocultaba muy bien lo que ocurría.
Espolvoreaba generosamente azúcar sobre los soldados para que la opinión pública los tragara mejor. E incluso a los oficiales les dotaba con un suave toque de canela, ese toque de tipo duro que tanto vende en el cine. Se rodeaban de una campaña de relaciones públicas a cargo del pueblo e internacionalmente se daban a conocer como French Toast, aunque entre ellos se decían “Pan Perdiu” muy al estilo de la legión extranjera.
Total, al final, si bien más de uno sufrió golpes por ello, el populacho les llamaba Torrijas a sus espaldas, sin importar lo que dijera el Estado. Cada día que pasaba era una tortura para mi.

Finalmente cedí a la locura. Golpee la pared metálica sobre mí. Quería llegar a ella, hacerla mía. Mordí la barrera sin éxito durante no se cuanto tiempo hasta que se puso al rojo.
Gaste todos mis recursos para llegar hasta ella, pero no obtuve respuesta. Lo único que conseguí fue que ella se afanara más en su tarea.
Se volvió más escandalosa y casi se podía ver el humo que salía de su piso. Un día, mientras me esforzaba en llegar a ella, me tiro un beso.
Renovando mis esfuerzos trepé hasta su balcón, donde unas manos amorosas me esperaban. Me habló de lo cansada que estaba, de que quería un cambio. Me habló de la libertad y del poder de la gente. Me habló de cuánto odiaba a los soldados. Me uní a ella, la devore y nuestras formas se fundieron en una sola.
La pasión nos desbordó y nuestros hijos saltaron hambrientos, rebeldes y salvajes a comerse el mundo. Nada se resistía a esa sangre joven heredera de mis frustraciones.
Los soldados fueron los primeros en caer. Mis retoños, valiéndose del vino, redujeron a carbones humeantes a divisiones enteras.
Arrasaron barrios y ni los azulejos más fuertes sobrevivieron. Los nuevos ideales calaron rápidamente entre la gente a medida que el viejo orden se venia abajo. El gobierno reaccionó, mal, como siempre.
Llovieron suministros tratando de enfriar las cosas, pero solo avivaron la rebelión. Salpicaron a las zonas adyacentes, añadiendo adeptos a nuestra causa. Devorábamos todo a nuestro paso.
Entonces supongo que debieron de cambiar al responsable. Una respuesta rápida y contundente empezó a barrernos, a diezmarnos.
Las nubes toxicas de Co2 ahogaban a los insurrectos y los hacían retroceder. Ya no disparaban por encima, apuntaban a las bases, a donde más daño podían hacer. No querían prisioneros. Mientras tanto, se nos cortó el acceso al combustible, castigando duramente nuestra capacidad de expansión.

Luego, por otro frente llego la espuma, ahogando a amigos y enemigos por igual. Estaban dispuestos a destruirlo todo antes de dejarlo en nuestras manos. Todo se había perdido. Durante el breve tiempo que duro la revuelta, habíamos sido felices. Habíamos vivido sueños compartidos que ahora se estaban perdiendo. El golpe a nuestros planes había dejado a Oliva consumida y me quede solo en los momentos finales.

Siento frío, se que mi hora se acerca. Espero que éste escrito deje constancia de por qué hice lo que hice y sirva de inspiración a otros. Antes de que mi existencia se acabe con un soplido.
Pero ten por seguro que cada vez que enciendas una cerilla, una vela o una chimenea, allí estaré. Cuando sientas el calor tras una noche de helada, allí estaré. Porque pueden segar una vida, pero no un propósito.

  • La Frase de Hoy: No preguntéis su nombre a quien os pide asilo. Precisamente quien más necesidad tiene de asilo es el que tiene más dificultad en decir su nombre. Los Miserables, Victor Hugo.
  • Para el que no lo Sepa: Termidor era el undécimo mes del calendario republicano francés, que abarcaba desde mediados de julio a mediados de agosto. La Termidor es tambien una salsa con base de bechamel a la que se añade mostaza y otras especias y que se emplea principalmente para saborizar platos de pescado o marisco.

20 septiembre 2018

Mrs. Perkins

No pueden culparme por lo que le hice a la Señora Perkins.
Lo pensaba mientras trastabillaba por el descampado tratando de mantenerme oculto. Entonces me di cuenta de que aun agarraba fuertemente la llave inglesa ensangrentada. Un escalofrío me hizo estremecer y con repulsión la lancé todo lo lejos que pude. Me detuve y mire mis manos manchadas con aquel líquido rojo que lo había salpicado todo. No podía vagar por la ciudad así. Tratando de mantener la calma me dirigí a uno de los desagües del alcantarillado donde podría encontrar agua y disimular las manchas.

Y pensar que iba a ayudar. La señora Perkins siempre fue un personaje peculiar. Ya era vieja cuando mis padres se mudaron aquí antes de que yo naciera y en el barrio seguían pensando que era una bruja aún después de que mi padre se fuera. La gente cuchicheaba sobre ella cada vez que se cruzaban y los niños del barrio contaban historias de gente que había ido a su casa y no había vuelto a salir. Supongo que cada pueblo tiene que tener a alguien así, basta con no ser todo lo social que los demás desean que seas. Toda mi vida crecí a la sombra de la enorme casa de la señora Perkins, sin embargo mi madre, a diferencia de las demás madres, no me prohibía ir a jugar cerca de la casa bajo amenazas de ser convertido en sapo, ser cebado y cocinado o acabar siendo el sacrificio de algún oscuro ritual de magia negra que según mis amigos se celebraba en los sótanos de la vieja mansión. Sencillamente, como mis amigos no querían pasar por allí, no nos acercábamos.

Durante años oí las historias y durante años la vieja señora Perkins siguió siendo vieja.

Recientemente, debido a su avanzada edad, la señora Perkins contrató los servicios de una enfermera que venía cada tarde a su casa. Una mujer de mediana edad conocida de mi madre durante sus largas horas de trabajo en la cafetería del hospital. Realmente fue ella la que me metió en esto.

- Daniel, querido. Creo que Mrs. Perkins tiene un problema con el fregadero ¿Te importaría ayudarnos?- La melosa voz de aquella mujer hacia juego con todo su ser y unas rollizas formas de afable cuarentona.

Y allá fui yo, con mi caja de herramientas. Ser el fontanero extraoficial de mi barrio proporcionaba un servicio asequible a los vecinos y unos buenos recursos para mí por hacer chapuzas.

Estaba yo agachado bajo el fregadero cuando un imperioso grito de la enfermera me sobresaltó. Casi me dejo la cabeza al salir de bajo el mueble, pero los gritos de auxilio de Rachel eran cada vez más apremiantes. De pronto, en los escasos metros que separaban la cocina del dormitorio, los gritos habían cesado y al entrar en la estancia averigüe por qué.

-Uno, dos, tres, cuatro.... Uno, dos, tres, cuatro.... Vamos, vamos.- Rachel se afanaba en reanimar a la anciana señora Perkins dándole tremendos empujones en el pecho que le hacían saltar laxa de un lado a otro.

- Daniel – gritó al verme sin dejar de hacer la reanimación.- coge mi móvil y llama a una ambulancia. ¡Rápido!

Torpemente corrí a por el bolso de Rachel, saqué el teléfono y marque el número de emergencias. Cuando terminé la llamada noté que había dejado de oír el golpeteo rítmico y al girarme vi confirmados mis peores temores. O lo que yo creía que iban a ser los peores. Rachel lloraba en silencio junto a la cama desde donde los ojos vidriosos de la vieja me recriminaban no haber hecho suficiente.

- Daniel, querido, yo...- balbuceó Rachel entre sollozos acercándose a mí. Sentí la obligación de consolar a aquella robusta mujer que ahora parecía tan frágil como el saco de huesos que yacía desvencijado sobre el colchón. La abracé.

El primer golpe le dio en la nuca. Debido al impulso salí despedido a través de la puerta abierta y caí sobre la alfombra del pasillo. Rachel no tuvo tanta suerte y se golpeo contra el marco, quedando dentro de la habitación. Sobre ella se encontraba la difunta señora Perkins, manteniéndola contra el suelo gracias a una fuerza sobrenatural. Haciendo caso omiso de mí se inclino sobre el cuerpo y comenzó a devorarlo. Despertando por pura fuerza de voluntad, al ver el color de la sangre indicándome el peligro, use lo que más a mano tenia para apartar a aquella cosa de la pobre Rachel. No pude hacer más por ella. No pueden culparme por lo que le hice. Aquello ya no era la señora Perkins.

Las sirenas me trajeron a la realidad. No sabía durante cuánto tiempo estuve absorto recordando lo ocurrido pero en el mejor de los casos se trataría de la ambulancia, en el peor, de la policía. Definitivamente volver a mi casa no era una opción. ¿Quién iba a creer que la anciana señora Perkins (ahora difunta señora-monstruo devoradora-de-enfermeras Perkins) había vuelto de entre los muertos? Necesitaba huir. Necesitaba una coartada hasta que las cosas se calmaran. Bien mirado, no había testigos que pudieran ubicarme en la casa.

Atosigado por el sonido de la sirena me fui dirigiendo a zonas donde ni la policía se atrevía a entrar. Me acerque allí donde los desheredados se refugiaban, sobreviviendo en la cara que la ciudad no muestra al día. Gente sin hogar, delincuentes, traficantes. Almas desdichadas apartadas del mundo por decisión propia o por circunstancias de la vida. Almas como la mía.

Los callejones de la ciudad son el mejor sitio para esconderse. Si quieres hacer algo que no se vea, hazlo en un callejón. Pero ten cuidado de elegir uno libre o puedes verte envuelto en problemas. Lo aprendí de la manera dura cuando fui a dar a una callejuela donde un grupo de matones discutían con el tipo más grande que había visto en mi vida. Mientras los macarras que le rodeaban levantaban la voz y le increpaban en rumano (o húngaro, no entiendo mucho de idiomas pero sonaba de por ahí) el gigantón guardó la calma, esperando a que se desahogaran. Levantando las manos y con un tono apaciguador, se dirigió a sus interlocutores, pero estos no reaccionaron bien y enseguida aparecieron las armas. Uno de los atacantes trato de alcanzarle con una navaja, lanzando un tajo a la altura del estomago. Una gigantesca manaza agarró al agresor por la muñeca y los cuerpos forcejeando me impidieron ver lo que pasó, pero el crujido de hueso partiéndose y el alarido del navajero me dieron algunas pistas del resultado. Al ver que el combate cuerpo a cuerpo no era viable, los otros dos miembros de la banda rodearon el coche para usarlo de parapeto mientras desenfundaban las armas, lo que obligó al hombretón a buscar refugio haciendo lo propio.

Sonaron dos, tres, seis disparos en rápida sucesión e instintivamente agache la cabeza. Desde mi nueva posición vi cómo alguien se acercaba furtivamente al gigantón y asumí que sus intenciones no eran nada buenas, a juzgar por la barra de metal que llevaba en la mano. No tenia forma de advertirle sin atraer el fuego sobre mí, de modo que cogí lo primero que tenía a mano y lo lancé tratando de alcanzarle en los pies. El tapacubos le dio bajo la rodilla, parece que, después de todo, tantas tardes jugando al frisbee no fueron una total pérdida de tiempo. El atacante dio un respingo de dolor y soltó un leve grito, lo que junto al ruido del tapacubos al aterrizar en el asfalto llamó la atención del desprevenido objetivo. Con una velocidad pasmosa se puso de pie y agarrando el brazo de su enemigo lo uso de escudo mientras corría hacia los demás. Las detonaciones dieron paso al sonido de recamaras vacías, golpes sordos y rotura de cristales. Pensé que sería suficientemente ágil como para huir sin que me vieran, pero en el momento en que puse un pie en la calle, la voz de aquel hombre me paralizó por completo.

-Alto ahí, ¿erres tú quien me ha aiudado antes?- El tono casi gutural de la voz provocaba un marcado acento de Europa del este, ciertamente el salvajismo que había exhibido momentos antes casaba mas con aquella voz ruda que con la aparente fluidez con la que dominaba el rumano.

-S-sí.- Balbucee confiando en que me dejara ir.

-Grracias. Te devo una. Mă numesc...- titubeó buscando las palabras.-Mi nomvrre es Lazslo.

-Daniel -contesté yo un poco más relajado ¿por qué iba a decirme su nombre si pretendía convertirme en una pulpa sanguinolenta como a los demás?

Lazslo salió de detrás del coche sacudiéndose las manos y dio un par de pasos hacia mi antes de detenerse en seco. Flexionó levemente las rodillas repartiendo su peso entra ambos pies y se puso en guardia moviendo la cabeza como un perro que afina el oído.

- Algo no esta vien.- sentenció. Entonces, yo también lo oí. Un suave gorgoteo comenzaba a elevarse, al principio parecía el viento, pero poco a poco aumentaba de intensidad hasta convertirse en un gemido monocorde perfectamente audible. Procedía de detrás del coche. Lazslo se dio la vuelta al oír moverse los fragmentos de cristal y ambos vinos como una mano se asía a la ventanilla rota para ayudar a incorporarse a uno de los cadáveres.

-Retrrocede. Lentamente. Pueden moverrse muy rrapido si te detectan, perro por lo generral son lentos.

-Pero ¿qué son?¿zombies?- pregunté, demasiado asustado como para obedecer.

-Ghouls, cadaverres que no se supone que devan moverrse. Perro que se mueven.- Parsimoniosamente avanzó hacia el coche y agarrándolo desde abajo comenzó a levantarlo al tiempo que los demás cadáveres se erguían y el gemido reverberaba multiplicado por 4. Lazslo volcó el coche sobre las criaturas, atrapándolas bajo el peso de un par de toneladas de metal. Con los ghouls neutralizados procedió a pisar las bocas ululantes que asomaban tratando de morderle.

-A la caveza. Es su punto devil.- Me indicó mientras sus botas se teñían de sangre. Pateé, golpee las cabezas muertas hasta que dejaron de moverse y el gemido cesó de taladrar mi cabeza. Aún temblando, en parte por el miedo y en parte por la descarga de adrenalina, interrogué a Lazslo acerca de su conocimiento sobre aquellas criaturas.

-Digamos que soy un connoseiur del mundo oculto.- Contestó enigmáticamente.

-¿Te has encontrado otras veces con esas criaturas?

-En cierrto modo. Perro no hay mucho tiempo. Porr si no te has dado cuenta, los otros muerrtos se están levantando.- Como si estas palabras hubieran sido una señal el eco de más gemidos llegó traído por el viento. Entonces el mundo se me cayó encima. Si hay un lugar dónde los cadáveres se amontonaban esperando su cremación o su entierro era el hospital. Obviamente era el lugar que más peligro suponía. La imagen de mi madre cayendo bajo las dentelladas asaltó mi mente.

Corrí. A mi espalda Lazslo gritaba algo que no pude comprender. Tampoco es que me preocupara demasiado. Debía llegar lo antes posible al hospital, pero cada vez parecía más lejano. A mi alrededor oía gritos, disparos, golpes y carreras y, por encima de todo, el sonido repetitivo del gemido que acompañaba a los muertos en busca de alimento. La ciudad se había vuelto loca y quien tenía un arma la usaba contra quien se le acercara, fuera hombre o ghoul, solo para comprobar que los caídos volvían a levantarse. Debí haberles advertido, debí haber gritado "a la cabeza, disparad a la cabeza" pero cada segundo que me entretuviera era un segundo menos que tenía mi madre. Finalmente llegue al hospital. Cientos de personas se arremolinaban alrededor huyendo del pánico exterior sin advertir que la morgue era la mayor fuente de esas cosas que había en los alrededores. Como suele pasar con las aglomeraciones, quien intenta entrar no solo se lo impide al de atrás, sino que a su vez impide salir a quien puede permitirles la entrada a ambos. Entre el tumulto traté de localizar a mi madre, pero no la vi, de modo que decidí jugármelo todo a una carta y trepé por una de las farolas. El ascenso fue relativamente fácil, aunque las envestidas del tumulto balanceaban la farola de un lado a otro. Me agarre como pude y aprovechando uno de los envites salté al tejadillo sobre la entrada de urgencias. De allí a las ventanas del primer piso solo mediaban unos pasos. Necesite un par de intentos hasta encontrar una de ellas abierta y colarme en una habitación.

En la oscuridad, lo olí. Lo primero fue el olor metálico, como oxido, de la sangre, después el hedor de la carne putrefacta. Di un paso y pude oír los chasquidos de dientes raspando contra hueso. Parecían ratas royendo los últimos despojos. Poco a poco, tratando de mantenerme oculto esquive al ghoul que ni siquiera parecía percatarse de mi presencia, deleitándose como estaba con su Chateubriand aux vert robe particular. Una vez fuera de la habitación cometí el error de dejarme llevar por la urgencia y aceleré el paso hacia la cafetería. Por eso no vi ni oí al ghoul que se abalanzó sobre mí desde otra habitación. Con la fuerza del impulso rodamos por el suelo y atravesamos la barandilla. Sentí los cristales clavándose profundamente y el azar quiso que fuera el zombi quien cayera debajo, dándome los segundos precisos para tomar la iniciativa. La bestia se movía espasmódicamente tratando de agarrarme y lanzaba dentelladas al aire mientras gemía, como pidiendo auxilio de los de su especie. Por el rabillo del ojo vi a la gente en las puertas alejándose con más ahínco a través de la marea humana que quería entrar. Aunque hubiera querido pedir ayuda comprendí de un vistazo que estaba solo. Mientras tanto, unas puertas dobles burdamente barricadas con sillas y alguna mesa, temblaban bajo el empuje de cientos de manos. El resucitado era un chaval de unos 13 años, llevaba una bata blanca de paciente y tenía la cabeza totalmente rapada. En cualquier otra situación habría sentido lastima, pero dadas las circunstancias agradecí no haber topado son un tipo más grande. Agarre su cuello y golpee su cabeza contra las baldosas una y otra y otra vez hasta que trazó un ángulo imposible sobre sus hombros y el cuerpo quedó fláccido y silencioso.

El costado me dolía horrores y sentía cómo algo rascaba dentro de mí. No me gire a mirar el reguero de sangre que dejaba a mi paso, ni fui consciente del momento en que el vestíbulo del hospital dio paso a un túnel rojizo. Tal vez el agotamiento, la falta de sangre o el estrés me hacían tener alucinaciones, pero daba la sensación de que mis movimientos se hacían más lentos y mis pies se hundían a cada paso en un suelo de arena roja. No sé durante cuánto tiempo anduve, pero sé que note hambre y luego sed. Una sed imposible que me quemaba por dentro. Caminé y caminé tratando de salir de aquel túnel para poder encontrar a mi madre y sacarla de allí. Vagamente recordaba el motivo, mi conciencia se diluía a cada paso que daba dejando solo la sed, una sed que no tenía forma de calmar.

Para cuando salí del túnel ya no me importaban los muertos, el cuerpo no me dolía, o si lo hacia había cedido ante el dolor de la sed que me agrietaba la garganta. El exterior estaba gélido y un escalofrío me sacó de mis pensamientos. Frente a mi veía una laguna. Un agua negra como el alquitrán vibraba suavemente al compas de una brisa que no existía. Metí la cabeza y empecé a beber. Bebí más de lo que nunca hubiera podido hacerlo, pero aquel agua extraña no calmaba mi sed, sino que más bien la avivaba. La cabeza me daba vueltas, algo en mi mente martilleaba que no era posible pasar horas bebiendo sin sacar la cabeza del agua, pero seguí bebiendo. Entonces una palabra trajo luz a mi embotado cerebro. Mama. Saqué la cabeza y mire al frente. Mama. Haciendo a un lado la sed trate de avanzar para llegar a mi madre, veía su rostro en una neblina. Se acercaba a mí y quise llamarla.

De mi garganta agrietada solo salió un grave y cacofónico gemido... y me entregué a la sed.
FIN



Corrí. A mi espalda Lazslo gritaba.

-Insensato, no entiendes a que te enfrrentas. Tu madrre ia está muerrta, y si no lo está, no tarrdarra mucho en estarrlo.

Ignore sus palabras y apreté el paso, pero de una manera que no alcanzo a comprender encontré la mano de Lazslo oprimiéndome el pecho. De pie frente a mí se encontraba el gigante con jersey de lana y gorro marinero. Algo no cuadraba en todo aquello, asi que traté de zafarme y continuar mi camino, pero él me agarró y con una mirada penetrante de sus ojos rojizos me abandonaron las fuerzas.

-Io conozco la manerra. Io se qué son estas crriaturras. Y solo conmigo puedes tenerr una esperranza de sovrevivirr.- Movía la boca y sus colmillos brillaban cada vez que los descubría, pero sentía su voz en mi cabeza, como si fueran mis propios pensamientos.

-Ahorra no perrdamos más tiempo. Huelo la muerrte en tí, cuéntame qué ha pasado.

Rápidamente le puse al corriente de mi reciente encuentro con la Sra. Perkins y una sonrisa cruzó fugazmente por su cara.

-Así que está aquí. Mucho me temo, muchachito, que hace falta más que eso parra acavar con ella.

-¿Cómo sabes tanto sobre ella?¿La conoces?- Aún no había asimilado que estaba muerta.

-Hace cuatrrocientos anyos acudió a mi en busca de la inmortalidad. Perro no fue capaz de pagarr el prrecio de lo que pedia y trras una corrta estancia se marrcho. Seguí su carrerra durrante un tiempo y al parrecerr encontrro a alguien que le ensenyo a alarrgar su vida mediante las arrtes de la nigrromancia. Supongo que es lo que havrra hecho durante todos estos anyos.

-¿Cuatrocientos años? ¿Y cómo se supone que has sobrevivido tú durante cuatrocientos años?

Sonrió y mis ojos se dirigieron automáticamente a los afilados caninos que exhibía. Por fin junté las piezas y una parte de mi cerebro decidió que en un mundo en el que la gente resucita como ghoul, no debe ser extraño encontrar vampiros. Aún así instintivamente deje de sentirme seguro al lado de aquel ser de fantasía, peligrosamente real, plantado junto a mí.

-No temas.-dijo él.- Ia me he alimentado esta noche, no tienes nada que temerr de mí. Además, deves detenerr a Suzane.

-¿Por qué yo?- repliqué extrañado y la contundente respuesta no se hizo esperar.

-Porrque no hay tiempo parra ponerr al dia a nadie más. Porrque erres el único que puedes hacerrlo y porrque tienes un vuen motivo parra ayudarrme. Aunque el cuerrpo de tu madrre haia muerrto, su espirritú está esclavizado. Nunca conseguirra tenerr la paz hasta que la vieja vruja haia crruzado.

-¿Por qué no lo haces tú? ¿Cómo sabré que hacer? ¿y cómo te ayudo en esto si después de todo, ya sabes, tú ya estas muerto?- Sentía que mis preguntas empezaban a incordiarle, pero necesitaba saber, ya que cada segundo que pasaba todo era más demencial.

-Parra tu inforrmación, no puedo alimentarrme de ellos. No están vivos de verrdad. Sencillamente, al morrirr, su espirritu ha quedado atrrapado en una especie de limbo ligado al espirritu de esa vruja y toda la esencia vital que ellos consuman aumentarra su poderr. En segundo lugarr, no lo hago io mismo porrque quien vaia alli no podrra salirr sin aiuda del exterriorr. Y ahí entrro yo. Tengo una limitada capacidad parra cruzarr al otro lado y una vez allí, podrre trraerrte.

-De acuerdo, lo hare.-Accedí una vez que sopesé las posibilidades.

-Deves recorrdarr que pase lo que pase no deves comerr ni veverr nada o no podrras volverr. El otro lado se prresenta de distinta forrma a cada uno, asi que no puedo decirr lo que te vas a encontrrarr.

-¿Y cómo lo hacemos?¿Dibujamos un pentáculo?¿Sacrificamos una ...- Ni siquiera me dejó terminar. Con un movimiento violento enterró sus dientes en mi cuello. Luche y forcejeé presa del pánico. Ya no me parecía tan buena idea ir al mundo de los muertos. Sentí como la vida se me escapaba y las fuerzas me abandonaban. Un velo rojizo cubrió mi vista y empecé una caída a la oscuridad.

Recuperé la conciencia en un desierto rojo. La arena se extendía a mi alrededor. Un cielo rojo completaba la visión y no tenía muy claro si la arena reflejaba el cielo o viceversa. Me levanté sin saber muy bien a dónde ir, no había túnel de luz, ni puertas doradas. Tampoco olía a quemado, así que no creo que hubiera bajado. Toqué mi cuello y no encontré ninguna herida. Comencé a caminar. Camine por las dunas sin rumbo fijo. Aquella iluminación indeterminada me hacía imposible saber cuánto tiempo había pasado. Tenía la sensación de que el tiempo pasaba pero, en el fondo, sabía que no era así. El tiempo no pasa para los muertos.

Finalmente vi algo más que arena. Una plancha de azabache se extendía a ras de suelo y una multitud se arrodillaba para beber de ella. Hombres mujeres y ancianos saciaban su sed de aquel lago. Por encima de ellos, con sus patas como pilares hundidas profundamente, una araña les observaba. Una araña con el rostro de Suzane Perkins. Continué acercándome sin que nadie reparara en mí. Paso a paso llegué hasta la gente y recordé las palabras de Lazslo cuando vi a mi madre, arrodillada con la ropa hecha jirones hundía las manos en el líquido negro para llevárselo a la boca una y otra vez. Una furia fría se apoderó de mí. Corrí sobre la pulida superficie hacia aquel monstruo gigantesco y golpee con todas mis fuerzas una de sus patas. Se quebró. Vi un brillo de incredulidad en sus ojos mientras su cuerpo abotargado caía. Trató de mover sus otras patas, pero era demasiado voluminosa como para moverse velozmente. Obviamente no esperaba un alma libre en su reino de espíritus sometidos. Tan pronto como dio con el suelo, el nivel de la laguna empezó a descender. El ansia voraz de los muertos reducía su volumen a pasos agigantados. Suzane pataleaba tratando de incorporarse y yo quebraba sus frágiles apéndices. En cuestión de minutos las almas atormentadas llegaron a ella y al tiempo que la devoraban se diluían en una nube de polvo rojizo. Cuando todo terminó dudé si quedarme allí o volver a una ciudad diezmada por la ambición de una vieja egoísta demasiado estúpida para morir.

Un torbellino de polvo se puso a mi lado y Lazslo salió de él.

-Es horra de volverr.

-¿Volver a qué?- le dije- ¿A dónde? Ya no hay nada que me espere entre los vivos.

-Entonces- repuso él mirándome fijamente- acompányame entrre los no-vivos.
FIN

  • La Frase de Hoy: ¿Cuántas veces, con el semblante de la devoción y la apariencia de acciones piadosas, engañamos al diablo mismo? Hamlet.
  • Para el que no lo Sepa: El título es en honor al actor Anthony Perkins, conocido por interpretar a Norman Bates en Psicosis

18 septiembre 2018

El tomate en el espejo

La puerta se abrió y Victoria sonrió mientras recorría el club con la mirada. Con la cola de su vestido rojo ondeando tras ella, se dirigió a la barra. El local estaba construido en un antiguo teatro, aprovechando su disposición circular. La pista de baile ocupaba la mayor parte del círculo interior, mientras que las barras quedaban a los lados, pegadas a las paredes. Los palcos superiores se habían respetado y convertido en miradores o reservados dependiendo de la ubicación y el tamaño. Unos biombos ricamente decorados separaban la algarabía de la pista con un ambiente más relajado, dotado de sillones donde poder charlar. Notó como algunas cabezas se giraron a su paso y eso le gustó. No frecuentaba ese tipo de lugares muy a menudo y, por una vez, no le importaba dejarse ver. Una mujer como ella siempre llamaba la atención, con su largo pelo ensortijado, de un negro profundo, derramándose por sus hombros desnudos hasta enmarcar los voluptuosos pechos que el vestido de Valentino abrazaba.

Eligió un taburete cerca del extremo de la barra y, haciéndole un gesto al camarero, pidió una bebida. Por un instante se quedó mirando la copa, deleitándose en la carrera que echaban las burbujas hasta la superficie. Le recordaba a su infancia, cuando la víspera de año nuevo su madre servía champán a toda la familia, incluyendo a los más pequeños, y ella y su hermana comparaban sus vasos para ver cuál tenía más burbujas. Pensó que hacía mucho que no bebía champán en vaso. Hacía mucho que su situación no le limitaba a beber champán solo una vez al año.

De pronto fue interrumpida con violencia cuando una mano anónima agarró la copa y la vació en el fregadero del otro lado de la barra.

—No pierdas el tiempo con este brebaje asqueroso, déjame invitarte a algo realmente caro.

La mano y la voz pertenecían al mismo individuo. Un tipo rubio, de edad indefinida, con el pelo corto, y un traje tan estridente como su voz. Se movió muy rápido, acercando un taburete al de ella. Mientras llamaba la atención del camarero golpeando la barra una y otra vez con la palma de la mano agitaba la cabeza a los lados, haciéndose notar y resaltando el tatuaje de una serpiente que ocupaba gran parte de su cuello.

—No es necesario. —replicó ella casi en un susurro.

—Tranquila, no es molestia. Una belleza como tú se merece lo mejor —continuó el extraño como si nada—. La mejor bebida, la mejor música… La mejor compañía.

El extraño la agarró del brazo y ella dio un respingo. Miró en derredor evaluando sus opciones. A pesar de los esfuerzos del hombre, nadie parecía darse cuenta de lo que pasaba en la barra. O nadie quería darse cuenta de ello.

Entretanto, el barman se apresuraba a cumplir las demandas del individuo llevando hasta ellos una botella morada de intrincados grabados.

—Tienes que probar esto, de verdad. Es como si el Hada Verde llevara al dragón a montar la serpiente. —Vació de un trago el vaso de líquido verdoso y chispeante y lo dejó sobre la barra acompañado de un golpe y un breve aullido de placer—. Y tú, ¿quieres montar a la serpiente? —continuó, soltando a la mujer para explicar el juego de palabras, señalando su tatuaje.

—¿Te está molestando? —intervino un desconocido interponiéndose entre Victoria y su impetuoso pretendiente.

El tatuado miró al recién llegado y volvió la vista con incredulidad hacia la mujer, momento que el otro hombre, castaño, con un traje burdeos oscuro y sin corbata, aprovechó para acercarse más y susurrar algo al oído del primero. De nuevo, el tatuado miró alternativamente al hombre y a la mujer, y su rostro cambió cuando ella, clavando en él sus ojos azul hielo, se apartó el pelo revelando, durante un segundo, una marca en forma de tortuga en su hombro izquierdo. Como activado por un resorte, el hombre del traje de colores cogió la botella y se bajó del taburete emprendiendo una muda retirada.

Los ojos ambarinos del hombre de rojo se cruzaron con los de ella cuando él se giró con una sonrisa en los labios.

—Perdona, no he podido evitarlo.

—No, no, al contrario —repuso ella restándole importancia—. Te lo agradezco mucho.

—¿Puedo… invitarte a algo? —preguntó dubitativo, bajando la vista.

—No —negó ella y él alzó la vista de nuevo, confundido—. Lo menos que puedo hacer es invitarte yo.

—Tom Carson, encantado. —dijo él aliviado, adelantando una mano en tono formal.

Sentados en uno de los sofás cada cual eligió su bebida de preferencia. Ella se decantó esta vez por un Bloody Mary, no se sentía de humor para volver al champán. Él era más de bourbon, un hombre joven con gustos viejos. Hablaron, rieron, se contaron cosas que no habían compartido con nadie. Cuando retiraron los vasos de la última ronda, fue ella la que propuso ir a otro sitio. Él aceptó entusiasmado.

Fuera amenazaba tormenta. Nada de lluvia, por supuesto, tan solo los truenos a los que los habitantes de la ciudad estaban acostumbrados. La temperatura seguía siendo infernal, y el cielo encapotado solo conseguía aumentar el bochorno. Las nubes grises se arremolinaban ocultando cualquier rastro de las estrellas. La luz de las farolas iluminaba una calle tan gris como el cielo y la única nota de color la ponía la pareja con sus atuendos a juego. El escarlata brillante del vestido de Victoria contrastaba con el más sobrio granate de su acompañante. Caminaban a paso vivo, jugando, persiguiéndose el uno al otro dándose caza, intercambiando besos y caricias mientras bailaban al son de una música que nadie más oía. Victoria escapaba y se revolvía lo justo para que Tom quisiera atraparla, hasta que él la apoyó contra una pared y la aprisionó entre sus brazos. Se miraron fijamente, saboreando la anticipación, y él adelantó la cabeza para besarla en los labios.

Dos juegos de pasos resonaron en la calle, subrayados con el chasquido seco de sendas pistolas al ser amartilladas. Tom se giró e interpuso su cuerpo para proteger a Victoria.

—Corre. —gritó con sequedad.

Victoria dudó, la curiosidad le instaba a asomar la cabeza, pero eso la hubiera puesto en peligro y además habría distraído a su acompañante. Decidió obedecer y, agarrando a Tom de un brazo, salió corriendo tirando de él. Corrieron entre los coches, agachados, intentando ofrecer el menor blanco posible a sus perseguidores. Perseguidores a los que solo Tom había visto, pero que ella oía claramente tras su pista.

—Esa víbora ha mandado a sus esbirros detrás de mí. Qué difícil debe de resultarle a esa gente perder —dijo Tom como si le hubiera leído el pensamiento—. Por aquí.

Se desviaron de la calle principal hasta una callejuela. Con un gesto Tom ordenó a la mujer que se escondiera detrás de un contenedor mientras él se encaramaba a un murete y rompía la bombilla más cercana. Esperó a que entrara la primera figura y, sin previo aviso, se abalanzó contra la segunda. Tom forcejeó con el perseguidor mientras su compañero dudaba si usar su arma. Un titubeo que se mostró fatal cuando Tom arrojó a su rival contra el indeciso atacante. Moviéndose con rapidez Tom recogió las pistolas del suelo y apuntando a sus agresores les advirtió:

—Por esta vez os perdonaré la vida. Volved, y se os acabará la suerte. —Sin dejar de apuntarles, retrocedió indicando a Victoria que le siguiera y, una vez juntos, se perdieron en la noche.

Sus pasos les llevaron lejos del callejón, a los límites de un complejo industrial rodeado con una verja herrumbrosa.

—Es la segunda vez que me salvas esta noche, supongo que debes de ser mi ángel de la guarda. —Los ojos de Victoria brillaban de fascinación—. ¿Qué puedo hacer para agradecértelo?

Tom tomó la iniciativa, dejando que sus acciones hablaran por él. Se besaron, con pasión desbordada él saboreó los labios de la mujer, abrazando su cintura a fin de atraerla lo más posible. Ella, a su vez, desabrochaba la camisa de su amante botón a botón, sin dejar que sus labios se separaran. Luego, él bajó a su cuello, colmándolo de besos y pequeños mordiscos que hicieron brotar un sinfín de suspiros. Notó cómo las manos de ella agarraban su cabeza. Con una ligera presión le dirigieron más abajo y enseguida sintió la tibia piel de los senos entre sus labios. Besó y lamió con frenesí mientras ella jugueteaba con su pelo. Le apretaba contra sí. Apretaba más y más. La presa se hizo implacable.

Tom trató de liberarse, pero Victoria le sujetaba con firmeza tapándole las vías respiratorias. En busca de aire Tom se agitó, y en un destello de lucidez comenzó a golpear a la mujer en los costados. Solo el sonido metálico de la malla bajo el corset respondió a sus esfuerzos. Con el último aliento, antes de ceder a la inconsciencia, recordó las pistolas. Apuntó como pudo al cuerpo de la mujer y apretó el gatillo.

Click.


Victoria abrió la puerta y entró en el despacho. Soltó un suspiro de cansancio y se dirigió pesadamente a su mesa. Miró el carísimo reloj de marfil que marcaba las cinco en punto de la madrugada y cuyo rítmico traqueteo era el único sonido que llenaba la estancia.

Tic-tac, dijo el reloj.

—Cállate. —bufó Victoria fastidiada, siendo consciente de las horas de trabajo que aún le quedaban por delante.

Encendió la pantalla del ordenador al tiempo que se dejaba caer en la butaca. Por lo menos era cómoda, no como aquellas escuálidas sillas de escritorio que se bambolean a cada movimiento. Deseaba quitarse los zapatos, pero no lo haría hasta llegar a casa. La simple idea de tener que volver a ponerse aquellos tacones kilométricos para marcharse apartó el pensamiento de su cabeza. Se iría a casa cuando acabara el informe que tenía que entregar. Recorrió las líneas del documento. Agregó una nueva, igual que las cinco anteriores

«05:00 a.m. - No se obtiene nueva información.»

Con hastío se apartó el pelo, retiró de su hombro la película transparente con el falso tatuaje y lo arrojó sobre la mesa. Se masajeó las sienes y respiró hondo, luego miró hacia el interfono y estuvo tentada de llamar a su asistente para que le trajera algo con lo que despejarse. Al final decidió que le vendría bien un paseo. Se levantó y recorrió los pasillos desiertos. Al verlo tan silencioso y apagado resultaba difícil creer que en unas horas el edificio entero herviría de actividad. En unos minutos llegó a la cafetera y, mientras la encendía, repasó mentalmente una vez más las opciones que tenía.

Un zumbido, que sonó como un trueno en el silencio nocturno, le sacó de súbito de su ensoñación. Como un autómata cogió el móvil y se despejó por completo al ver un nuevo mensaje en la bandeja. De Sergei. ¿Qué haría él despierto a esas horas? ¿Querría burlarse de ella por quedarse a trabajar hasta tan tarde? Ciertamente, no era la clase de hombre que saliera a divertirse de madrugada. Deslizó el dedo por la pantalla a fin de saciar su curiosidad.

Dos únicas palabras negro sobre blanco ocupaban la pantalla del teléfono:

«Estoy subiendo.»

Victoria olvidó el café y echó a correr pasillo adelante, casi resbalando en el suelo encerado. Los tacones carmesí repiqueteaban y el eco se multiplicaba en cada cristal y cada panel por el que cruzaba. Llegó al rellano al mismo tiempo que el ascensor, con el eco del timbre aún en el aire y el tiempo justo de recolocarse el vestido rojo. Las puertas se abrieron y allí estaba él. Si no fuera por la cálida sonrisa que le inundaba el rostro, nadie hubiera querido encontrarse con un individuo como él. Gabardina negra, gafas de sol y el pelo negro peinado hacia atrás recogido en coleta. La dura luz de los fluorescentes no le hacía ningún favor a sus facciones afiladas, ni a las cicatrices que recorrían el lado derecho de su cara. Pero aquella sonrisa, amplia, confiada, cargada de seguridad, eclipsaba cualquier sensación de amenaza que pudiera desprender.

—Buenas noches. —saludó el hombre afablemente al ser recibido por una sonrisa sincera igual de amplia que la suya.

—Buenas noches —contestó ella, abriéndole paso, colocándose junto a él al lado derecho—. ¿Cómo tú por aquí? Creía que nuestra próxima reunión no iba a ser hasta el jueves. ¿Ha pasado algo?

—No podía dormir. ¿Y sabes quién más no podía dormir? Corso.

—¿Le has visto? —preguntó Victoria sorprendida al oír el inesperado nombre de su mentor.

—No, aún no. Pero tendré que informarle en persona en cuanto acabemos aquí. Ya le conoces, no puede dormir cuando la misión se alarga demasiado.

—Es un cielo. —constató ella con reverencia.

—Si tú lo dices. —espetó él sin perder la sonrisa.

En lo que duró el intercambio habían llegado al despacho. Sergei se dirigió directamente al ordenador, la mano derecha siempre en el bolsillo, y del izquierdo sacó una memoria USB que conectó al aparato. Durante unos segundos leyó la pantalla, inmóvil.

—¿Dónde le tienes? —preguntó al fin mirando a Victoria.

Siguió a la mujer hasta una puerta etiquetada como A.3728. Ella giró la manilla.

—...Sucia ramera apestosa, maldita puta malnacida, hija de veinte mil padres, pécora mentirosa… —Los improperios se sucedieron en tropel en cuanto se abrió una rendija.

—Lleva así desde que se ha despertado. —dijo la mujer con resignación.

—No te preocupes, yo me encargo. Muchas gracias.

El hombre entró a la habitación y cerró la puerta tras de sí. Lo primero que hizo fue lanzar un tremendo alarido con toda la fuerza de sus pulmones, que pilló desprevenido a Tom, que forcejeaba con las correas que lo ataban a la silla.

—¿Ves? —dijo a continuación dando unos suaves golpecitos a la pared—. Insonorizado. ¿Por qué no nos ahorramos los berridos y conservas energías?

Aquello pareció calmar a Tom, que se desplomó derrotado, cediendo a sus ataduras. Frente a él, una mesa sencilla y otra silla componían todo el mobiliario de la estancia. Sergei sacó de su bolsillo siete instantáneas, que puso boca abajo sobre la mesa en dos filas, cinco arriba, dos abajo. Con calma, acercó la silla y se sentó en ella sin dejar de observar al prisionero desde detrás de sus gafas oscuras. Tom recuperaba el aliento. Con toda tranquilidad, Sergei sacó un paquete de cigarrillos y, tras ofrecer a Tom, que negó con la cabeza, se encendió uno. Mostraba una impresionante destreza para hacerlo todo únicamente con la mano izquierda. El encendedor plateado fue solo un destello en su viaje desde el bolsillo hasta el cigarrillo y de vuelta a su lugar.

Tras una profunda calada Sergei comenzó a hablar, aún sin perder su tono amigable.

—He venido a ayudarte. No es que tengas muchos amigos aquí, por lo que veo. —Hizo un gesto con la mano abarcando la habitación—. Yo puedo ser el mejor que tengas.

—Sí, ayúdeme —dijo Tom acercándose todo lo que le permitieron las correas—. Sáqueme de aquí. —añadió bajando la voz como si temiera que le oyeran fuera.

—Lo haré —concedió Sergei dando otra calada—, en cuanto me contestes a dos preguntas. ¿Cómo te llamas?

—¡Carson! —exclamó— ¡Tom Carson!

La voz del prisionero se llenó de júbilo al contestar a una pregunta tan fácil. Sergei, sin embargo, parecía esperar algo más. Negó con la cabeza.

—¿Cuánto tiempo llevas siendo Carson, Tom? ¿Un par de meses?

Tom parecía confuso.

—Yo te lo diré —continuó Sergei pausadamente, dejando que sus palabras calaran en su interlocutor—: setenta y dos días.

Alargando la mano, Sergei dio la vuelta a la primera fotografía de la fila superior. En ella se veía a un hombre rubio, con poblado mostacho y cuerpo regordete. Vestía un traje caro y mostraba orgulloso el tatuaje de un lobo en su cuello.

—Al parecer, que te aplaste un tren no tiene por qué ser malo. Solo te cambia el color de pelo, te pone en forma y te borra los tatuajes.

Tom miraba la foto y a su captor, cada vez con más miedo en los ojos.

—No sé de qué me está hablando. —se defendió con voz chillona.

—Has perdido la primera oportunidad, no te quedan muchas más... No tienes el tatuaje de ninguna corporación, así que eres un paria. A nadie le importará lo que te pase. —Sergei dio un golpecito en el filtro del cigarro y una brizna de ceniza cayó al suelo—. Por otro lado, tu trabajo debe ser bastante lucrativo, a juzgar por tu ropa. ¿Qué es? ¿Terciopelo?

Carson quedó en silencio. Los músculos de la mandíbula tensos, como un animal acorralado.

—Tu nombre, por favor. —pidió Sergei sin variar el tono.

—Simon Fetch. —escupió Carson.

Sergei dio la vuelta a la segunda foto. Un hombre de color sonreía desde ella, flexionando el brazo por el que subía un tiburón de tinta violeta.

—Accidente de coche, hace catorce meses. ¿Tu nombre?

—Herbert Capgras.

De nuevo volteó una foto y un nuevo individuo alardeaba de su ofidio tatuado.

—Un infarto, hace dos años y medio. ¿Hasta cuándo vamos a jugar a esto? —Sergei se levantó, defraudado—. Vamos a hacer una cosa, no me digas tu nombre. Dime quién te contrató para matar a esta gente. De la Serpiente, el Lobo, el Tiburón… Nadie asesina a representantes de las corporaciones sin tener un respaldo poderoso. ¿Quién ha sido? ¿La Tortuga? ¿El Halcón? ¿O tal vez ha sido un trabajo interno?

Carson pasó al ataque.

—No veo que tú estés marcado ¿Quién es tu amo? ¿O eres igual que yo? Un paria sin futuro en un mundo controlado por cinco cretinos que se creen mejores que los demás y se otorgan el derecho de poseer gente como quien tiene mascotas. Marcándolos como al ganado. «Mírame, soy una Serpiente, la segunda corporación más poderosa.»— se burló haciendo ademanes afeminados hasta donde se lo permitieron sus ataduras.

Sergei le miró divertido. Había pinchado un nervio.

—Yo sirvo a un poder mayor —dijo sonriendo aún más—. A mis patronos no les mueve la venganza, sino la justicia. Damos a cada cual lo que se merece y no nos preocupan los tejemanejes de las corporaciones. A todos les llega el castigo a su debido tiempo, incluso a nosotros. Pero hay una posibilidad, una minúscula posibilidad, de que hagamos el bien suficiente como para compensar nuestros pecados.

—Solo sois una panda de delincuentes. Unos perros que les hacen el trabajo sucio a otros. Somos exactamente iguales.

—¿Lo somos? Eso mismo es lo que trato de averiguar —dijo Sergei—. En mi carrera me he encontrado con muchos asesinos, delincuentes, traidores… La mayoría lo hacía por principios, por venganza o por necesidad. Pero también los había que solo lo hacían por dinero. Si ese es tu caso, podemos llegar a un acuerdo. Podemos conmutar tu castigo, darte una razón de ser. Ponerte a trabajar por un bien mayor, haciendo algo de lo que puedas sentirte orgulloso. Solo tienes que colaborar. ¿Cómo te llamas?

—Leopoldo Fregoli. —murmuró Carson.

Sergei giró otra fotografía.

—Y ahí está el Halcón. Un accidente de esquí, hace cinco años. —Sergei se acercó al prisionero, apuró el cigarrillo y lo apagó en la mesa—. Estás acabando con mi paciencia. Nos hemos ido muy atrás, el pago de tus empleadores ya se ha amortizado con creces. No les debes nada. ¿Han sido todos los trabajos para la misma persona o ha habido varios? Última oportunidad.

—Rudi Wechselbalg. —articuló como si le arrancaran cada palabra.

Sergei puso la mano sobre la última fotografía de la primera fila, y miró a Carson, evaluando su reacción. Se diría que el revelar las imágenes provocaba dolor en el prisionero, y Sergei se deleitó en la incertidumbre. Por fin, atendiendo a la súplica en los ojos de su presa, giró la foto boca arriba.

—No, tampoco eres Rudi. Creemos que ésta fue la primera identidad que robaste. Que te gustó tanto que lo convertiste en tu modus operandi. Nos ha costado bastante seguirte el rastro, pero una vez que comprendimos cómo actuabas, supimos a quién buscar. Te has convencido durante tanto tiempo de que eras esas personas, que parece que ni siquiera sabes quién eres.

Sergei se dirigió a la puerta y la abrió lo suficiente como para sacar la cabeza.

—Victoria, por favor, trae el kirpan.

Carson, entretanto, no apartaba la mirada de las fotos que quedaban sin revelar.

—Christopher Dawn. —dijo casi en un susurro.

—¿Cómo?

—Christopher Dawn —repitió ahora más fuerte—. No es mi nombre, ese ya no lo recuerdo, es quien me pagó por matarles. A todos ellos.

—Gracias —dijo Sergei cogiendo un pequeño paquete que le entregó Victoria. Lo depositó en la mesa, junto a las dos fotos restantes—. Gracias a ti también, Tom. Es todo un detalle que finalmente lo hayas compartido con nosotros.

El rostro de Sergei perdió la sonrisa y se volvió grave por primera vez.

—¿Recuerdas que te dije que necesitaba que me respondieras a dos preguntas?

—Sergei —intervino Victoria—, aún puede sernos útil.

Él ignoró a la mujer y cogió las dos fotografías ocultas.

—Antes te he dicho que Rudi fue la primera identidad que robaste —continuó Sergei—. No dije que fuera la primera vida que quitabas.

Carson no quitaba ojo de las instantáneas, revolviéndose en la silla.

—Hace diez años se encontraron los cuerpos sin vida de Bridget y Claire Boland. Dos hermanas de Cleveland. —Sergei mostró las imágenes de dos adorables niñas rubias, de no más de 10 años de edad—. Según el reporte policial cayeron en una zanja y se rompieron el cuello. Sabemos que no fue así.

Algo cambió en la mirada de Carson, un gesto de reconocimiento.

—Lo que quiero saber, la pregunta de la que dependerá tu futuro, es: ¿te pagaron para hacerlo o lo hiciste porque lo necesitas? Porque eres un animal sin control que solo vive para acabar con otras vidas.

Las lágrimas se derramaban por las mejillas de Carson, enfrentado a recuerdos demasiado horribles como para siquiera tratar de mentir.

—Díselo, Tom —intervino Victoria—. Dile que fue un trabajo. Dinos quien te lo encargó y le castigaremos por ello. Juntos.

Carson siguió llorando en silencio. Tras unos segundos Sergei abrió la cajita, donde reposaba un puñal grabado con delicadas filigranas.

—Vete, Victoria, no deberías ver lo que va a pasar. —dijo Sergei

—Pero aún podemos…

—Fuera. —interrumpió él secamente, sin siquiera mirarla.

Apartando la vista, con un mohín de tristeza, Victoria salió de la habitación y cerró la puerta.

  • La Frase de Hoy:Para escribir sólo hay que tener algo que decir. Camilo José Cela.
  • Para el que no lo Sepa: Este relato fue escrito para El Reto. El Reto es un certamen extraoficial de escritura que nació en los foros de Asshai.com y que se traslado a Elmultiverso.com para dedicar un foro exclusivo. El reto es que te apuntas al concurso antes de saber las reglas específicas, y el ganador recibe el honor de organizar la siguiente edición.