23 septiembre 2018

Termidor


Nací en la punta de una cerilla y, con un chasquido, di luz.
Los inicios fueron difíciles. Como todos. Pero gracias a una mano amiga que me colocó cerca de un depósito de gas natural, pronto no tuve problemas de sustento.

Mi vida transcurrió en calma. Pendiente siempre de las fluctuaciones en las reservas, me henchía cuando estaban a rebosar y me acurrucaba cuando apenas había.
Era una vida acomodada, rutinaria, bajo el control de un gran hermano que estaba constantemente pendiente de mí.
 Entonces Ella llegó a mi vida. Se instalo en el piso de arriba y todas las mañanas la observaba mientras se preparaba para trabajar. La conocí una semana santa, durante la guerra.
Debíamos estar en guerra pues los ejércitos aguardaban en filas infinitas, perfectamente ordenadas. Duros soldados del más duro pan que ahogaban sus penas en vino dulce, antes de entrar en batalla. Ella era rubia, dorada. Con unos cristalinos ojos verdes. Se llamaba Oliva.
Ayudaba a los soldados a prepararse, a vestirse su uniforme de huevo antes de salir. Al principio no le di importancia. Pero cada día al oír el burbujeo de su risa, el chisporroteo que venia de arriba, surgían en mi mente imágenes que no soportaba. Ella rodeando a aquellos soldados, acariciándoles, recorriendo cada recoveco de su piel.
Eran imágenes que poco a poco acabaron volviéndome loco. Por supuesto el gobierno ocultaba muy bien lo que ocurría.
Espolvoreaba generosamente azúcar sobre los soldados para que la opinión pública los tragara mejor. E incluso a los oficiales les dotaba con un suave toque de canela, ese toque de tipo duro que tanto vende en el cine. Se rodeaban de una campaña de relaciones públicas a cargo del pueblo e internacionalmente se daban a conocer como French Toast, aunque entre ellos se decían “Pan Perdiu” muy al estilo de la legión extranjera.
Total, al final, si bien más de uno sufrió golpes por ello, el populacho les llamaba Torrijas a sus espaldas, sin importar lo que dijera el Estado. Cada día que pasaba era una tortura para mi.

Finalmente cedí a la locura. Golpee la pared metálica sobre mí. Quería llegar a ella, hacerla mía. Mordí la barrera sin éxito durante no se cuanto tiempo hasta que se puso al rojo.
Gaste todos mis recursos para llegar hasta ella, pero no obtuve respuesta. Lo único que conseguí fue que ella se afanara más en su tarea.
Se volvió más escandalosa y casi se podía ver el humo que salía de su piso. Un día, mientras me esforzaba en llegar a ella, me tiro un beso.
Renovando mis esfuerzos trepé hasta su balcón, donde unas manos amorosas me esperaban. Me habló de lo cansada que estaba, de que quería un cambio. Me habló de la libertad y del poder de la gente. Me habló de cuánto odiaba a los soldados. Me uní a ella, la devore y nuestras formas se fundieron en una sola.
La pasión nos desbordó y nuestros hijos saltaron hambrientos, rebeldes y salvajes a comerse el mundo. Nada se resistía a esa sangre joven heredera de mis frustraciones.
Los soldados fueron los primeros en caer. Mis retoños, valiéndose del vino, redujeron a carbones humeantes a divisiones enteras.
Arrasaron barrios y ni los azulejos más fuertes sobrevivieron. Los nuevos ideales calaron rápidamente entre la gente a medida que el viejo orden se venia abajo. El gobierno reaccionó, mal, como siempre.
Llovieron suministros tratando de enfriar las cosas, pero solo avivaron la rebelión. Salpicaron a las zonas adyacentes, añadiendo adeptos a nuestra causa. Devorábamos todo a nuestro paso.
Entonces supongo que debieron de cambiar al responsable. Una respuesta rápida y contundente empezó a barrernos, a diezmarnos.
Las nubes toxicas de Co2 ahogaban a los insurrectos y los hacían retroceder. Ya no disparaban por encima, apuntaban a las bases, a donde más daño podían hacer. No querían prisioneros. Mientras tanto, se nos cortó el acceso al combustible, castigando duramente nuestra capacidad de expansión.

Luego, por otro frente llego la espuma, ahogando a amigos y enemigos por igual. Estaban dispuestos a destruirlo todo antes de dejarlo en nuestras manos. Todo se había perdido. Durante el breve tiempo que duro la revuelta, habíamos sido felices. Habíamos vivido sueños compartidos que ahora se estaban perdiendo. El golpe a nuestros planes había dejado a Oliva consumida y me quede solo en los momentos finales.

Siento frío, se que mi hora se acerca. Espero que éste escrito deje constancia de por qué hice lo que hice y sirva de inspiración a otros. Antes de que mi existencia se acabe con un soplido.
Pero ten por seguro que cada vez que enciendas una cerilla, una vela o una chimenea, allí estaré. Cuando sientas el calor tras una noche de helada, allí estaré. Porque pueden segar una vida, pero no un propósito.

  • La Frase de Hoy: No preguntéis su nombre a quien os pide asilo. Precisamente quien más necesidad tiene de asilo es el que tiene más dificultad en decir su nombre. Los Miserables, Victor Hugo.
  • Para el que no lo Sepa: Termidor era el undécimo mes del calendario republicano francés, que abarcaba desde mediados de julio a mediados de agosto. La Termidor es tambien una salsa con base de bechamel a la que se añade mostaza y otras especias y que se emplea principalmente para saborizar platos de pescado o marisco.

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