01 julio 2016

Nope



El agudo chirrido del motor precedía a la motocicleta alertando, con apenas unos segundos, de la desesperada persecución que tenía lugar. Por detrás de ella, y antes de que el sonido se disipara, el gruñido de un todoterreno tomaba el relevo.
- Lo estás perdiendo. - Sentencio una voz metálica en el oído de la muchacha.
- ¡Ya lo sé!- grito Beatriz mientras volanteaba para evitar patinar en la nieve.
- Se va a escapar- insistió Carson por el pinganillo.
- Pues mueve el culo y atrápale tú.
- Señorita, cuida ese lenguaje.
- ¡Señorita, mis cojones! Tengo 21 años y puedo hablar como me salga del...
- Habla como te apetezca pero ¡no lo pierdas!
El coche parecía sujeto a la moto con un hilo invisible, pues se mantenía siempre a una distancia constante. Si tan solo hubiera podido emplear toda la potencia del motor... Pero la endiablada moto amarilla se movía sobre la nieve de maneras imposibles de replicar con cuatro ruedas. Lo máximo que podía hacer era no perderla de vista.
- ¡A la mierda! -sentenció ella sacando la pistola por la ventanilla del conductor
- No le mates. Conoces las reglas.
- Que sí. No me des la brasa.
Un solo disparo, dirigido a la rueda trasera, fue suficiente para hacer caer al perseguido, que rodó y se deslizó por el suelo helado hasta que la fricción y el tronco de un árbol frenaron su huida. Antes de que la maltrecha motocicleta hubiera terminado de dar vueltas de campana, Beatriz ya se había apeado del vehículo y se acercaba con paso firme al motorista. Le agarró por la cabeza y lo lanzó de costado contra el árbol, con tanta fuerza que se quedó con el casco en la mano.
- Ahora- ordenó Carson.
Beatriz sonrió. Alzando el casco, se dirigió a su víctima subrayando con un golpe cada palabra que le dijo.
- Mi. empleador. Ha. insistido. en. Que le entregue. Su. Tarjeta.
La ira se dibujó en el desvencijado rostro del motorista. Incomprensiblemente consiguió levantarse y miró con odio a su contrincante cuando ésta le mostro una bala en la palma de la mano. Cerró la boca con fuerza, poniendo de manifiesto los grandes colmillos que se escondían en ella. Apretó los puños y los músculos comenzaron a hincharse bajo el mono de cuero amarillo y negro. El motorista gruñó, con una mirada animal en sus ojos, a lo que Beatriz respondió con una sonrisa. Una súbita brisa revolvió parte del pelo de la joven y la cabeza del monstruo explotó como un melón maduro.
- Hecho.- confirmó Carson por radio y con un suave movimiento, echo hacia atrás el cerrojo del rifle, expulsando el casquillo humeante.
Beatriz esperó a que el cuerpo se disolviera y los vapores, también amarillos, fueran absorbidos por la bala, que se tornó en un frasco transparente.
- Buen trabajo.- dijo ella
- Lo mismo digo, volvamos a casa.
- ¡Eh!, he conducido hasta aquí. Me toca el helicóptero.
- Nop
- ¡Pero estamos en medio de ninguna parte!
- Nop
- Andaaa... Déjame pilotar- suplicó
- Nop
Nopnopnopnopnop el helicóptero sonó sobre su cabeza y se perdió en la distancia. Ella subió al coche y partió en su busca.
- Joder, que frio.

Me tienes que enseñar a hacer los tres dedos de la muerte- le había dicho unos años antes en tono jocoso- si voy a matar demonios, tendré que saber pelear. ¡Iiiiiah! -
La muchacha hacía aspavientos entremezclados con los típicos grititos de las películas de artes marciales.
- No. Para cazar Rakhasas solo necesitas saber cazar Rakshasas.- Carson desenfundó el arma de su pistolera oculta bajo la axila; un arma grande y vieja, probada en mil y una situaciones de vida y muerte-. Uno no ataca a un Rakshasa sin seguir las normas.
Aquello espoleo la curiosidad de Beatriz
- ¿Por qué?
- Porque en el mejor de los casos su "recipiente" morirá y el Rakshasa escapará a buscar otro. O el cadáver se levantara, aún controlado por el Rakshasa, y saldrá corriendo.
- ¿Y en el peor de los casos?
- En el peor, el Rakshasa saldrá del cadáver y se enfrentara a ti en su forma real. Tú ya sabes lo que es eso.
Las imágenes que habían poblado sus pesadillas durante semanas volvieron repentinamente a su mente y Beatriz se estremeció.
- Enséñame a hacerlo.
- Estoy seguro de que te acuerdas de como se hace ¿recuerdas esto?
Beatriz se acercó a observar la bala que sujetaba el hombre entre sus dedos. Su forma era idéntica a cualquier otro cartucho, pero la bala en sí tenía unos finos grabados que había pasado por alto la primera vez que la vio sobre la mesa de aquel hombre muerto. Brillaban tenuemente, como con luz propia, y algo en su interior le dijo que aquellas balas no estaban destinadas a ser disparadas.
- Por supuesto, la bala es solo un símbolo- continuó Carson- cualquier pedazo de plomo candente a 700 km/h es suficiente para estropearle el día a alguien. Sin embargo, como en todos los rituales, hay que preparar las cosas con antelación. Los Rakshasas son muy escurridizos, y pueden meterse en el cuerpo de malas personas para hacer su voluntad. No es que sean más vulnerables fuera de un recipiente, al contrario, pero les resulta más divertido vestir la piel de un humano y forzarle a cumplir su mandato. La bala les retiene, una vez que se les ha hecho salir.
- ¿Y cómo se les saca? Inquirió Beatriz
- Con palabras. La frase que usamos es la palabra de Dios. Obliga a los Rakshasas a abandonar el cuerpo que habitan. Puede que a ti te suene como "Mi empleador ha insistido en que le entregue su tarjeta", pero para un Rakshasa es la revelación de que Dios mismo le castiga por sus pecados. Por eso algunos reaccionan con miedo o ira, porque tras oír esas palabras comienzan a desprenderse de su recipiente para enfrentarse a su castigo.
- ¿Y las personas que matas? ¿No deberías salvarlas?
- No tienen salvación.-declaró tajante. Si eres lo suficientemente atractivo para que un Rakshasa habite en ti, es que no eres trigo limpio. Además, una vez que el Rakshasa ha tomado posesión de tu cuerpo y te ha obligado a hacer cosas que ni siquiera puedes imaginar; si no ha destruido el cuerpo durante sus juergas o es destruido al cambiarlo por otro... Imagino que no muchos querrían seguir viviendo después.
- Eso es muy triste
Beatriz ya no se lo tomaba a broma. Sentía lastima por las personas que habían muerto bajo la influencia de aquellos demonios. Fueran o no malas personas, no merecían aquello. Trató de no pensar en la gente del hostal, ni en cómo murieron. Deseó que tan solo hubieran ardido.
- ¿Chakra? ¿No les podría curar?- preguntó Beatriz al cabo de un rato
- Posiblemente. Si es omnipotente, sí. Si no lo hace, sus motivos tendrá. Ese no es mi departamento, yo solo mato cosas.