13 abril 2016

La habitacion numero 19

Siendo la hija de la dueña del hostal, Beatriz había conocido a todo tipo de viajeros cansados. Pero en las perpetuas ojeras de aquel último inquilino había algo que no le daba buena espina.
- La cena se sirve a las diez, y la puerta se cierra a las doce. Si va a llegar más tarde de esa hora, le ruego que nos avise con antelación.
- Sin problema.
Todo en aquel hombre era pulcro y ordenado, desde el traje, cortado a medida haciendo juego con su corbata, hasta el cabello negro, peinado con esmero, parecía el tipo de persona acostumbrada a hoteles de varias estrellas más que a un hostal que, si bien tenía buena reputación, no destacaba por sus lujos.
Pagó la semana por adelantado en pulcros billetes doblados por la mitad y, cogiendo su maletín, recogió la llave.
- Bea, cariño, acompaña al caballero a su habitación
- Si, mama
La niña hizo una leve reverencia y enfiló por el pasillo seguida del inquilino. Pese a tener apenas catorce años, se afanaba en conocer el negocio familiar y ya se encargaba de algunas tareas cuando su madre no podía.
- La 19- anunció al tiempo que abría con su propia llave maestra-, tiene baño y agua caliente. Espero que esté todo a su gusto.
- Lo estará, estoy seguro, muchas gracias.
El hombre se inclinó hacia ella y le dedicó una sonrisa mientras le alcanzaba un billete de los pequeños. Ella lo aceptó sin poder dejar de mirar aquellos ojos verdes oscurecidos por las ojeras. Murmuró un gracias y huyó correteando por el pasillo. En los días siguientes pensó mucho acerca de aquel hombre. ¿Cómo era que, habiendo alquilado la habitación durante una semana, solo trajera consigo aquel pequeño maletín como único equipaje? ¿A dónde iba desde justo después del mediodía hasta casi la hora de cenar? ¿Y por qué, a pesar de irse a su habitación temprano, aquellas ojeras nunca abandonaban sus ojos? En las ocasiones en las que había arreglado su habitación, no vio  nada extraño. La cama ya estaba hecha, pero era obvio que había sido usada, y todo estaba en orden. De modo que, aquella noche, decidió espiarle. Se escabulló después de la cena y le observó recogerse, a la hora de siempre. Cuando estuvo segura de que no iba a salir, se deslizó por el pasillo sin hacer el más mínimo ruido, eludiendo cada pequeña grieta del suelo de madera. A través de la cerradura no se veía toda la habitación, pero si lo bastante como para ubicar al hombre a no ser que estuviera en el baño. Le encontró sentado en la única silla de la estancia, manipulando algo en el escritorio. Beatriz intento averiguar de qué se trataba, pero el ángulo no era bueno. En un momento dado el hombre se giró hacia su maletín, que se encontraba sobre la cama y, abriéndolo, sacó de él un pequeño destornillador con el que ajustó una pieza de lo que, ahora sí, la chica reconoció como un arma. Conteniendo la respiración Beatriz salió de allí lo más deprisa posible, con intención de decírselo a su madre. Pero entonces sabría que le había estado espiando. A lo mejor era policía, o había alguna otra explicación. Esperaría.
Esperó hasta la mañana siguiente. No había dormido en toda la noche dándole vueltas a la idea de aquel hombre armado bajo su techo. Esperó a que el inquilino se levantara y se acercó a su madre como si acabara de hacer el descubrimiento.
- Mama, ese hombre tiene una pistola- susurró.
Su madre la miró, incrédula al principio, pero luego fue consciente de que su hija no era propensa a mentiras ni ensoñaciones.
- Señor Carson ¿puedo hablar un momento con usted?- Se lo llevó aparte. - Mire, usted parece una persona importante, es normal que en determinadas circunstancias considere que necesita algo de protección personal, pero si tiene objetos de carácter ilegal en mi casa, debo saberlo.
-¿Ilegal? ¿De qué está hablando?
- Ha llegado a mis oídos que tiene Usted un arma.
- ¿Un arma?- desvió la vista hacia la niña - ¿y qué voy a hacer yo con un arma? ¿Le parezco un pistolero? - Alzó la mano derecha y señalo a Beatriz, amartillando el pulgar antes de disparar, luego se dirigió a la madre. - Tranquila, entiendo que sea tan precavida teniendo niños en casa. No poseo ningún arma. Compruébelo, por favor. Levanto su sempiterno maletín y poniéndolo sobre el mostrador lo abrió, apartándose para que la mujer pudiera revisarlo. Tan solo papeles, bolígrafos y un par de pen drives. Lo que cabría esperar de un hombre de negocios.
Deshaciéndose en disculpas madre e hija vieron como hombre y maletín salían por la puerta, como cada día. Pero Beatriz sabía lo que había visto, de modo que, tras prometer a su madre no volver a espiar a los inquilinos, cogió la bici y salió a hacer exactamente eso, confiando en estar a tiempo de alcanzar al señor Carson.
Le llevaba una buena ventaja, pero, por suerte para ella, iba a pie. Anduvo durante un trecho, adentrándose en el centro de la ciudad, donde ir en coche se habría vuelto más engorroso, entre el tráfico y la falta de aparcamiento, y se dirigió a un destartalado edificio antiguo, que en otro tiempo fuera majestuoso. La niña aparcó la bici en la parte de atrás y encaramándose a la escalera de incendios, siguió al hombre desde el exterior. Cuatro, cinco, seis pisos. El achacoso montacargas escaló a la misma velocidad que la cría hasta dejar a su pasajero en su destino. Con cuidado de no ser descubierta, Beatriz se coló por la ventana y siguió los pasos del hombre pasillo adelante. Su actuación de aquella mañana había resultado muy convincente, pero ¿cómo explicaría el respetable Señor Carson su visita aquel lugar tan tétrico y polvoriento?
De pronto una voz hizo que la chica se congelara en el sitio. No estaban solos.
- Vaya, mira a quien tenemos aquí.
La voz sonaba gutural, como si su dueño tuviera arenisca en la garganta, retazos de un acento que Bea no pudo identificar.
- Hola Christian, parece que me esperabas.
La voz de Carson sonaba contenida, pero tensa, muy distinta a lo meliflua que resultaba cuando saludaba a la gente del hostal. Muy lentamente Beatriz se aproximó a la puerta, que había quedado entornada. Carson le daba la espalda, mirando hacia un hombretón sentado tras un escritorio. El desconocido presentaba unas extrañas arrugas en un lado de la cara, como cicatrices o algo así. La luz que se filtraba por la ventana tras el hacia difícil a Bea fijarse en los detalles sin delatar su posición.
- Mi empleador ha insistido en que te entregue su tarjeta.- dijo Carson tras un momento. La sorpresa se dibujó en el rostro del otro.
- No, espera, sé que estas cobrando en la ciudad, pero aun no es mi turno.
Carson saco un pequeño objeto del bolsillo y lo coloco en la mesa. Una bala. Antes de que el hombre pudiera hacer o decir nada, Carson descargó dos veces el arma en su cara.
Beatriz corrió como nunca lo había hecho, instintivamente bajo escaleras abajo sintiendo los pasos del pistolero tras ella, sin atreverse a girarse. Cuando llegó a la bici se permitió un momento, mientras montaba, para mirar a su alrededor y buscar una escapatoria, pero no vio indicios de que nadie le persiguiera. ¿Sería posible que el asesino no la hubiera oído? Aun así, acelero rápidamente en dirección a su casa. Cuanto más se alejaba del escenario del crimen, más segura estaba de que no la seguían, pero cayó en la cuenta de que no hacía falta, aquel hombre sabía exactamente dónde encontrarla. La única manera de detenerlo antes de que acabara con ella era encontrar pruebas para arrestarlo, y esta vez estaba sola. Su madre ya había creído en ella una vez y era demasiado pronto para otro voto de confianza.
- Mama, no me encuentro bien.- mintió con su mejor voz de enferma- me voy a echar un rato.
- De acuerdo, cielo,  ahora subo a arroparte.
Se puso el pijama y aguardó en la cama hasta la hora de la cena, repasando mentalmente el plan. El único momento en que Carson no llevaba su maletín era mientras cenaba, cualquier prueba del crimen tendría, por fuerza, que estar allí. Esperó a que su madre se asomara para comprobar como estaba, y fingió dormir, luego se deslizó fuera de la cama y por el pasillo desierto hasta la habitación número 19. Metió con cuidado la llave y la giro en silencio. No fue hasta que abrió la puerta que oyó el agua de la ducha.
En cuestión de segundos tuvo que decidir si continuar con el plan y arriesgarse a ser sorprendida o si aplazarlo y perder la ocasión y quién sabe si la vida. Entró y allí estaba, el maletín sobre la cama. Se acercó a hurtadillas con el oído alerta al sonido del agua. Durante unos aterradores segundos forcejeo con los cierres hasta que, ¡bingo! Los mismos papeles y bolígrafos le dieron la bienvenida. La decepción se dibujó en el rostro de Bea, pero se negó a creer que aquello fuera todo, sabía que no había imaginado nada de lo ocurrido.
Una pequeña cinta de tela llamo su atención, recorría el borde del maletín por dentro. Tiró de ella con sumo cuidado y allí estaba, en un doble fondo del maletín descansaba el arma con la que Carson había asesinado a, al menos, una persona hacia unas horas. El arma reflejaba la luz con un ominoso tinte negro azulado. Pero había algo más. En la parte interior del panel que ocultaba la pistola había una serie de frascos con líquidos transparentes de distintos colores. Azul, amarillo, violeta… Desoyendo a la voz de su interior, Beatriz cogió uno de color purpura profundo y lo sopesó en la mano, estaba tibio, casi cálido. El corcho no sería difícil de sacar.
- ¡No!- gritó alguien a su espalda.
Bea se sobresaltó, soltó el frasco que amenazó con caer al suelo y, al tratar de agarrarlo, golpeó el maletín que se precipitó, vertiendo todo su contenido. Mientras los frascos estallaban contra el suelo, el líquido formaba nubes de vapor tornasolado en las que se vislumbraba la mirada de decenas de ojos maliciosos y una cacofonía de risas guturales inundaba la estancia.
- Jovencita- sentenció Carson-, ahora sí que la has hecho buena.