28 febrero 2014

Jungla

 Se sentía sin peso. Sumido en un pesado silencio Frost se abandonaba flotando en las olas de la negrura que le mecía suavemente, formando parte de ella. Lentamente una ligera presión creció de intensidad en su pecho, adueñándose de todo su ser. Un dolor agudo en su frente dio forma a su cuerpo, antes confundido con la oscuridad que le rodeaba. Cuanto más crecía la presión, más nítidamente oía los tambores resonando llamándole de vuelta a la guerra. La presión le intentaba llevar de vuelta a la realidad. Lo que él deseaba era abandonarse a la fatiga. Deseaba descansar entre las sombras y despreocuparse de lo demás. Si conseguía aguantar los tambores y la presión, sería libre. Súbitamente pensó en ventisca y abrió los ojos. El aire se le escapaba de los pulmones como aquella vez. Luchó por darse la vuelta y sacó la cabeza del agua sucia donde estaba sumergido.
Tosiendo y buscando aire se arrastró fuera del charco agarrándose a los largos juncos que poblaban la orilla de la marisma. Una vez recuperado el aliento, miró a su alrededor. Se encontraba tumbado de espaldas sobre un lecho de hojarasca. Sobre él se elevaba, a unos buenos 12 metros, el techo arbóreo que protegía el pantano de los dañinos rayos solares. Siempre era atardecer en la jungla.
Nunca llegaba al suelo más que una pequeña parte de la luz solar. Frente a él se extendía la marisma del río Semliki, una extensión de pantanos compartida por los dos parques naturales donde habitaban gran parte de las especies acuáticas y anfibias de la zona. A sus espaldas se elevaba el terraplén por el que seguramente había bajado rodando. Intentó incorporarse y notó dolor en todo su cuerpo. Al bajar había ido golpeándose reiteradamente contra los pequeños troncos de todos los arbustos que poblaban la ladera. Al segundo intento consiguió sentarse y descubrió en su pierna, a la altura de su muslo, un bichejo baboso y repugnante del tamaño de una manzana. La sanguijuela se afanaba con sus ventosas en chupar toda la sangre que pudiera de su anfitrión. Si no se daba prisa le dejaría seco. Desgraciadamente Frost no contaba con una brasa de cigarrillo o sal para eliminar a su atareado huésped. Se encontraba muy débil como para congelarla e intentar arrancarla sólo habría supuesto un desgarro en la pierna y una infección de la herida, por lo que, sin manera de deshacerse de ella, de momento, la dejó allí. Ayudado por las lianas que desde la cúpula arbórea se deslizaban hasta él, se incorporó totalmente. Tenia la ropa hecha jirones, no sabia donde estaba y desconocía el destino de sus camaradas. Miro a su alrededor buscando algún tipo de herramienta o útil que pudiera servirle en su peregrinaje y, al no encontrar nada, comenzó a escalar.
    Trepar por aquella cuesta empinada no resultaba fácil. La lluvia de la noche anterior había empapado tanto la vegetación, que era condenadamente difícil mantener los pies en el suelo. Resoplando por el esfuerzo, arañado en brazos y piernas por las afiladas hojas de los arbustos, consiguió llegar a la cima, donde, girándose para evitar aplastar la sabandija, se tumbó a recuperar el resuello. A escasos metros se encontraba el recodo donde la noche anterior, supuso, les tendieron la emboscada. Se volvió a levantar y con paso inseguro se acercó al camino. Los árboles habían formado una suerte de palio sobre la carretera, por lo que a pesar de ser un lugar medianamente despejado, no había más iluminación que en el resto de la zona. Frost miró su reloj sólo para comprobar que no estaba. Maldijo en voz baja y llevó la mano al cuello. También le habían quitado la chapa de identificación que siempre llevaba, y, por supuesto, la cartera.
- Venir al centro de ninguna parte a que te roben. Tiene pelotas la cosa.- suspiró dirigiéndose al lugar donde debió estar el jeep de los rebeldes. Sus oídos zumbaban mientras la sanguijuela seguía alimentándose felizmente. Unos pasos más adelante vio un bulto sobre la hojarasca. Apretando el paso se acercó a Iceberg que, aún inconsciente, mantenía sus manos atadas por el cordel. Le desató y comprobó que aún respiraba. Tendiéndole boca arriba le reanimó.
- Hmmm... – Gruñó Ace moviendo la cabeza y llevándose las manos a la frente.- ¿Qué ha pasado? Ah, Frost, estás horrible.- añadió al ver a su compañero en tan lamentable estado.
- Mira quien habla.- repuso éste aliviado.- ¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde está Blizzard?
- Bueno, después de noquearte, saquearte y tirarte por aquella cañada, hicieron lo propio conmigo, le dieron una paliza a Blizzard y se lo llevaron. Puede decirse que fueron más benevolentes conmigo, no me tiraron abajo porque mi perro no mató a ninguno de ellos.-
- ¿Viste por dónde se fueron?- inquirió Frost, cuya mente ya estaba trabajando trazando un plan.
- La verdad es que no. Pero supongo que con esta humedad alguna huella habrá quedado ¿no crees? ¡Eh! ¿Qué demonios es eso?- Exclamó al ver el muslo de Frost.
- Una sanguijuela. Me va a dejar seco. ¿Tienes algo para secarla? Es la única manera de que se desprenda.
Iceberg pensó durante unos segundos y se agachó a desabrocharse la bota. Enseguida se incorporó con una pequeña bolsita de papel entre los dedos.
-Toma.- le dijo.- es gel. Bueno, una especie de polvo que cuando se moja se convierte en gel. Es para tener los pies secos.
Frost tomó la bolsita, la abrió sobre el anélido y espolvoreó el contenido sobre él. Al instante el parásito se cubrió de una fina costra efervescente y segundos después se desprendió, muerto. Seguidamente revisó el resto de su anatomía buscando más sabandijas. No había más. Pusieron un improvisado vendaje en la herida, ya que las sanguijuelas secretan una substancia que impide la coagulación de la sangre, y siguieron el rastro de los coches en la tierra apisonada. Pronto salieron de la selva. Una extensión de hierba y maleza baja cubría el camino que estaban siguiendo. A simple vista pudieron notar que la zona había sido limpiada recientemente, como atestiguaban los tocones desperdigados entre la maleza. El claro, de unos 500 metros de diámetro, conectaba con la sabana. En la distancia se elevaban las montañas y más cerca, un poco a su izquierda, se hallaba un pequeño promontorio. Era mediodía.
Frost avanzaba agachado husmeando entre los matorrales en busca de un rastro, entretanto Ace vigilaba los alrededores. Pasados unos instantes, Frost se irguió y apartó el follaje para mostrar a su compañero los surcos dejados por las ruedas del jeep.
- Bien.- dijo en voz baja pero audible.- Se han ido en aquella dirección, hacia las montañas. Calculo que estarán a un par de Kilómetros. Hagamos inventario. Si pretendemos rescatar a los demás y recuperar la furgoneta necesitaremos armas. ¿Qué tenemos?-
- Nada.- contestó Iceberg lacónicamente.
Repentinamente Frost cerró la boca y levantó una mano para que Ace guardara silencio. Escucharon atentamente durante cerca de un minuto. Algo había cambiado en el ambiente. Los sonidos normales de la selva, tales como los generados por pájaros e insectos habían cesado bruscamente. El sonido de un motor llegó claramente hasta ellos desde detrás del promontorio. De pronto cesó. En silencio y cuidadosamente Frost y Ace se dirigieron hacia la fuente del sonido, deslizándose entre el follaje. Cuando se encontraban a unos 100 metros de la cumbre, un estampido retumbó en toda la sabana. Algunos pájaros levantaron el vuelo y la jungla volvió a quedar sumida en el silencio, a excepción de un gruñido continuo y gutural.
- ¿Has oído?- susurró Frost antes de seguir subiendo.-
- Disparos.- respondió Ace preocupado.- Debemos darnos prisa. Puede que estén disparando a nuestros compañeros.-
- No creo.- Repuso Frost.- Ese sonido ha sido de un Winchester 70, un arma de caza. ¿Sabes lo que eso significa?-
- Furtivos.-
- Exacto.- Concedió Frost con una sonrisa de lobo.- Ya tenemos suministros.-

    Zambo, de 6 años de edad, era un excelente ejemplar de Gorila de montaña. Con sus casi 2 metros de altura y 200 Kg. de peso, se alzaba imponente atravesando la jungla. Aquí y allá desbrozaba una rama o mordisqueaba una caña mientras miraba en derredor, con la mirada perdida, como filosofando. Cuando las demás criaturas se escondieron, su curiosidad le llevó al borde de la jungla. Su pelaje negro como el carbón brillaba aclarándose hacia la espalda, donde adquiría un tono blancuzco. No era la primera ocasión en que se dejaba llevar por la curiosidad y saludaba a un grupo de turistas. Posaba coqueto ante los flashes y luego se retiraba satisfecho a su refugio selvático.
    No fue el flash de una cámara lo que le cegó, en esta ocasión, al asomar su peluda cabeza por entre unos troncos.
La bala atravesó la madera y se incrustó en su costado. El shock y la sorpresa no le dejaron sentir el dolor hasta unos segundos después, mas su instinto le avisó de la agresión. Girando sobre sí mismo intentó ocultarse de nuevo entre la vegetación protectora. Entonces noto la punzada. Un dolor insoportable se adueñó de su costado izquierdo. Mover el brazo era una agonía y los pies pronto dejarían de responderle. Debía alejarse. El segundo rifle soltó su descarga. El impacto le alcanzó en el hombro derecho y le hizo dar casi media vuelta, desorientándole. La sangre empapaba su pelaje dándole un lustre rojizo. Las piernas de Zambo flaquearon al intentar avanzar. Dio un paso vacilante, un traspiés, y finalmente cayó rodando fuera del follaje.
Girando la cabeza intentó enfocar, con los ojos vidriosos, a su asesino. Eran dos. Dos humanos. Dos humanos tan humanos cómo aquellos que habían ido anteriormente a sacarle fotos. Dos humanos tan humanos como los que cruzaban el camino de la selva hacia las zonas de cultivo del norte. Dos humanos, en definitiva, como cualquier humano de los que vivían por allí y a quienes Zambo jamás había hecho daño alguno. Gorgoteando, notando como las fuerzas le abandonaban junto con la sangre que escurría sobre el verde manto de la hojarasca, lanzó un quedo gruñido a modo de reproche e intentó, en vano incorporarse.
    Frost y Ace habían alcanzado la cima a tiempo de presenciar el segundo disparo. Andaban agachados para evitar ser vistos, a pesar de que ambos cazadores observaban con deleite cómo la vida se escurría entre los dedos de Zambo. Ace notó un escalofrío y miró a Frost, sabiendo lo que vendría a continuación. La mandíbula de Frost estaba fuertemente apretada y su cara tenia una expresión grave.
    - Bueno, chico.- dijo uno de los furtivos a Zambo mientras se acercaba para darle el golpe de gracia.- Esto es lo que se llama “La ley del más fuerte”. – Ambos cazadores rieron como si el chiste hubiera tenido realmente gracia.
- Suficiente.- gruñó Frost a Ace.- Quédate aquí.-
No necesitó contestar. Ace había visto aquella expresión anteriormente en dos ocasiones. Ya no era el pragmatismo lo que le movía. No era por la necesidad de víveres por lo que bajaba entre la maleza en dirección a aquellos individuos. El jeep se encontraba a unos buenos 20 metros de los cazadores. Si bajaban sin ser vistos podrían ponerse fuera de su alcance antes de que estos pudieran reaccionar.
De todas formas no iba a ser así, de modo que, a pesar de que en su fuero interno se alegraba de lo que se avecinaba, entonó una pequeña plegaria por los que iban a morir.
- El cabrón aún está vivo.- exclamó el furtivo acuclillado junto al gorila. Con un espasmo, Zambo intentó alzar los brazos para agarrar a su agresor.
- ¡Muérete ya!- gritó el segundo cazador poniendo el cañón del rifle en la frente de Zambo. La sangre salpicó a su compañero. Pesadamente los brazos del animal cayeron a tierra y con un estertor, finalmente, quedó inmóvil. No tardaron los insectos en acercase al cadáver en busca de alimento. El cielo pareció entristecerse ante el asesinato y las nubes se apiñaron sobre la selva para llorar. El  primer furtivo, que respondía al nombre de Joe, se levantó sobresaltado ante las salpicaduras de sangre. Algunas le alcanzaron en la cara. Indignado se dirigió al jeep para buscar algo con que limpiarse, al tiempo que despotricaba contra Mac, su compañero. Mac estaba atareado despellejando el cadáver e hizo caso omiso de las quejas de Joe. Gajes del oficio.
– La supervivencia del más apto.- Un susurro llamó la atención de Joe que paró en seco su camino hacia el coche y se giró a interrogar a Mac.
- ¿Qué?-
- ¿Cómo dices?- Contestó el interpelado.
- ¿Has dicho algo?-
- Yo no ¿porqué?-
- Por nada, déjalo.-
Repentinamente la cabeza de Joe giró 100 grados sobre su eje y con un crujido quedó desencajada. De una manera dantesca, como una marioneta con algunos de sus hilos cortados, Joe dio un par de pasos vacilantes hacia su compañero, se dobló por la cintura, a modo de macabra reverencia, y cayó, deshecho, contra una raíz nudosa. Una lluvia fina comenzó a caer. Mac, que ante la escena que acababa de presenciar había caído sobre su trasero de la impresión, intentó incorporarse, pero cuando vio la silueta formada entre la lluvia, el pánico le atenazó. Pequeñas gotas de lluvia se mantenían suspendidas a distintas alturas del suelo dando forma, progresivamente, al cuerpo transparente de Frost. Con paso firme, la aparición, avanzó lentamente hacia el cazador, que no podía hacer otra cosa que temblar. Un viento frío alcanzó al furtivo. Las gotitas de agua comenzaron a helarse formando una cortina de escarcha en torno a Frost. Viendo lo inexorable de su muerte, Mac buscó a tientas a su alrededor algo con lo que defenderse. El fantasma estaba a un metro cuando Mac dio con el machete ensangrentado, manchado todavía por la sangre del gorila. Lo esgrimió tembloroso contra su atacante, intentando discernir en la silueta algún punto vital. De una patada en la parte inferior de la mano, Frost hizo volar el arma lejos de su empapada víctima. Al fin había llegado a él. Esperaba que el superviviente le diera mayor interés a la caza, pero todo lo que hizo fue quedarse sentado, temblando y balbuceando cosas inconexas con los ojos desorbitados por el miedo, que antideportivo. Con un movimiento preciso, como la picadura de un escorpión, Frost agarró a su presa de la cara, a la altura de la boca. Sus finos y largos dedos casi rodearon por completo la cabeza del furtivo. La palma tapaba la boca y presionaba cerrando la nariz. Mac agitó los brazos hasta que la falta de oxigeno le obligó a luchar contra la presa de la mano de Frost. A estas alturas casi todos los detalles eran visibles debido al agua. Parecía estar luchando contra una frágil figura de cristal, mas la creciente fuerza de la mano desmentía aquella impresión. El frío aumentó y el aterido cazador notó cómo la lluvia comenzaba a congelarse en sus ropas. Aquello era ilógico, pensó Mac. Momentos antes estaban a 35 grados y el sol brillaba sobre él y su compañero y amigo, Joe. Ahora Joe estaba muerto y lo que fuera que lo hubiera matado estaba intentando hacer lo mismo con él, llovía a mares y se encontraba en medio de una tormenta de hielo.
- ¡Muérete ya!- Exclamó Frost aumentando la fuerza de su mano. Los ojos del cazador se abrieron un poco más y los cristales hicieron presa en ellos, la escarcha cubrió totalmente la cabeza del desafortunado furtivo y, segundos después, explotó en multitud de cristales carmesí. El cuerpo decapitado cayó a tierra sobre un charco en el que se confundían la sangre y el barro. Sangre negra y rojo barro.
  • La Frase de Hoy: Vos cazáis y otro os caza; más valiera estar en casa. Refran español
  • Para el que no lo Sepa: Aunque los gorilas no tienen enemigos naturales (a parte de los furtivos) los guepardos y cocodrilos tratan de cazar crias cuando tienen la oportunidad. Se ha observado que para defenderlas, los adultos son capaces de afilar palos con los dientes y usarlos de armas improvisadas, asi como arrojar piedras a las amenazas. El relato data del año de vuestro señor 2008. Enero sin ir mas lejos... que puedo ir mas lejos.

La selva se lo llevó.

06 febrero 2014

Kassarka



En sus sueños era liviano. Flotando entre la niebla como si fuera una nube. La única nota de color eran los vivaces ojos verdes de Ventisca, su husky blanco. No llevaba el collar azul que su amo le comprara en Grozni. El perro le miraba circunspecto, sin tensiones, totalmente quieto sentado sobre sus patas, aguardando. Frost sintió algo a su espalda, una variación de la presión le hizo aterrizar y se giro a tiempo de ver las sombras cerrando filas. Frost pasó revista a su improvisado ejercito de de vaporoso blanco y ordeno a la niebla oponerse a los nubarrones. Amenazaba tormenta y el choque provocó el estruendo de una batalla. Aquí y allí se veían las chispas de los relámpagos ora blancos provenientes de la niebla, ora negros golpeando a Frost. Pronto se vio totalmente rodeado por la tempestad. Ya no era ligero, todo le pesaba. La oscuridad le envolvió.

Despertó con un acceso de tos. El sabor amargo de la bilis se había instalado en su garganta, cerrándosela. Tras el sobresalto inicial Frost obedeció al entrenamiento y rodó de la cama. Estaba desnudo. Nada a su alrededor le resultaba conocido, pero si familiar. El catre junto al lavabo, el suelo de hormigón y las paredes sin ventanas reforzadas con rejas. Estaba en una cárcel. Cuando su estomago dio un vuelco, corrió al pozo negro a expulsar los restos de cloroformo. El esfuerzo le hizo retorcerse de dolor cuando sintió la sutura en su pecho. Una cicatriz perfectamente vertical cruzaba el centro de su esternón. Era reciente. Parte buena, estaba vivo. Parte mala, estaba encarcelado y no recordaba mucho de lo sucedido. Parte peor, si seguía vivo seguramente quisieran algo de el, de modo que quienes estuvieran detrás de esto vendrían a por ello. Y cuando lo hicieran obtendría respuesta. De una forma u otra.

Se sentó en la cama a recuperar fuerzas y sopesar la situación mas sosegadamente. No era una celda improvisada. Un cubículo de 3 metros cuadrados mas largo que ancho cerrado por uno de sus lados por una verja de aspecto robusto que daba paso a un corredor con celdas idénticas unas junto a otras. En el interior un catre y un lavabo, ambos de cemento gris, como único ornamento, tanto así que la mortecina luz que le iluminaba provenía de la galería. Palpó el colchón. Ni siquiera tenia muelles, era mas un montón de tela enmarañado sobre la plataforma maciza. Cogió la sabana, áspera como el demonio, y se la puso a la manera romana. No es que el frío le molestara, ni mucho menos, pero no iba a dar a quien fuera la ventaja psicológica de tenerle desnudo.

Ya sabia lo que venia a continuación. Primero la espera. Dejar al prisionero que se impaciente preguntándose por que le quieren o que pretenden, cuando vendrán o si alguien le busca. Es poco probable que dure mas de unas horas. Frost era paciente, en una ocasión había esperado 12 horas a la intemperie a que su objetivo apareciera en Viena.

Se puso cómodo a esperar, seguro de que le tenían vigilado. No podía ver las cámaras, pero se sentía observado y su instinto rara vez le había fallado.

Después vendrían las preguntas, primero jovialmente, luego plagadas de amenazas. Tampoco funcionaría, ya había pasado por eso y, a la luz de los acontecimientos recientes, no le quedaba gran cosa con la que ser amenazado. Aunque existía la posibilidad de que usaran a Ventisca. Frost deseó en silencio que hubiera conseguido escapar.

Finalmente, la tortura. Eso si que iba a resultar un problema. Su amigo Sergei le había contado alguna vez los métodos que usaba con quienes se negaban a hablar. Nada agradable. En opinión de Frost la tortura es contraproducente, pues contamina los resultados con lo que el sujeto cree que el interrogador quiere saber, pero como medida de coacción es una herramienta excelente. ¿Le tendrían allí como rehén contra alguien?¿como medio de pago?¿como trofeo? Calma, las respuestas llegarían solas.

    • La Frase de Hoy: La peor cara de uno mismo es la que ves reflejada en un charco de sangre. Relato inconcluso sobre Yuri Putgatchev.
    • Para el que no lo Sepa: Durante mucho tiempo me resistí a colgar mis relatos inacabados por ai alguien los encontraba suficientemente buenos y me los plagia. Supongo que es un miedo infundado. Este relato lleva en el cajón desde el 27/05/2011, ya es hora de que le de el aire.

       El lobo no teme al perro pastor sino su collar de clavos